¿Cuántas veces nos sorprendemos actuando de un modo que nos desagrada? ¿Y cuántas de esas conductas siguen repitiéndose, una y otra vez, escapando de nuestro control?
En el último año, ¿Quién no se siente reflejado en alguna de estas situaciones?:
- Llegar tarde a una cita, enfadarse desmesuradamente por una tontería.
- No entregar a tiempo un trabajo al que se había comprometido.
- Saltarse una dieta.
- Que la máxima y única acción llevada a cabo para mantenerse en forma haya sido apuntarse a un gimnasio.
- Decir algo parecido a “de este año no pasa que domine el inglés”.
Todas estas conductas las podríamos agrupar en una carpeta a la que denominaríamos “Incoherencias”, ya que, a simple vista, no queremos actuar así, no nos gusta… Entonces, ¿Qué fuerza poderosa consigue que seamos incoherentes, en un principio, en contra de nuestra voluntad?
Pues una explicación, es que las conductas incoherentes (entendidas como las que no nos satisface realizar) responden a la congruencia de nuestra identidad.
Me explico. Cada una de las conductas antes mencionadas, está relacionada con una identidad que admitimos, pero no la queremos, es decir, no nos gusta “ser así”.
Es muy probable que en más de una ocasión, e incluso me atrevería a decir que de dos ocasiones, hemos reconocido, alguno de estos “soy”:
- Irresponsable.
- Impuntual.
- Agresivo.
- Débil.
- Tozudo.
- Perezoso.
- …
Así que, los comportamientos incoherentes, sólo lo son, si observamos la conducta en el entrono de las voluntades aparentes, si profundizamos un poco más, descubriremos las creencias que las sustentan, y si vamos más allá, daremos con la raíz, que es la identidad, y ésta, es congruente.
Por ejemplo, llegar tarde a una cita y sentirme mal es una incoherencia, ya que si me siento mal y soy consciente de ello, tendría que ser fácil cambiar. Pero, como a menudo me defino como impuntual, esta conducta responde a mi identidad.
¿Cómo cambiar esa tendencia?
El primer paso, es hacer consciente las identidades que por algún motivo hemos adoptado “ser” pero no nos satisfacen, y cambiarlas por las que nos gustaría: Responsable, Puntual, Tierno, Fuerte, Flexible, Activo …
Puede parecer una nimiedad, pero como he dicho, se trata del primer paso, y una nimiedad, de tan obvia, puede ser invisible y en consecuencia, difícil de materializar.
La influencia del lenguaje en el comportamiento está demostrada, así que de perder por ser positivos, perdemos nada.
El paso siguiente sería descubrir las creencias que apoyan a la identidad y determinan los comportamientos. Las creencias son la causa de la insatisfacción de los actos. Si una persona se identifica con “soy despistada” y cada vez que olvida algo se desespera, se defrauda, y se siente mal con ella misma, no sería de extrañar que esa insatisfacción esté basada en alguna creencia parecida a, “las personas despistadas no son de fiar” o “Los despistes son de personas con la cabeza llena de pájaros” o “Quién nace despistado, muere despistado” …
¿No empieza a encajar todo?
El sistema de creencias que nos acompaña desde la infancia escapa de nuestra consciencia y para llegar a él es necesario algo más que un cambio de lenguaje. Actuar sobre él requiere la ayuda de un profesional, coach, psicólogo, terapeuta…
Con este artículo solo pretendo abrir una puerta y visualizar un camino, una alternativa para animarte a dar un pasito en aquello que eres consciente que quieres modificar, pero una y otra vez se repite … ¿Será que eres …?
También hay personas que están contentas con sus propios defectos, manías o incongruencias.
Saludos.